Me han diagnosticado vista cansada, así que me comeré las uvas luciendo gafas. De momento, y por fortuna, solo para leer: como decía mi madre “gafas pa’l cerca”. Eso si: dice mi oftalmóloga que no me pasa nada excepcional; lo normal en cualquiera que haya pasado la frontera de los 45… No es, pues, preocupante, como si el mal de muchos (consuelo de tontos), me fuera a servir de algo. Como anécdota diré que fui diagnosticado el día en que cumplía esos 45 años ¡que ya es tener puntería!

Desde el momento en el que me diagnosticó mi presbicia, no paro de pensar ¿y por qué podría yo tener la vista cansada? Y del torbellino de ideas en el que fui cayendo, algunas cosas he sacado en claro. La primera de ellas es que motivos no me faltan para que, una vez cumplidos los dichosos años, note como la vista empieza ya a no responder.

De los posibles motivos causantes de mi deterioro visual, me gusta pensar que, si mis ojos se han cansado, si están cansados, es de tanto mirar. Ciertamente les he dado un gran tute obligándoles a mostrarle a mi cerebro todo lo que se movía fuera de mí, que no ha sido poco. Y de todo ha habido: miradas de curiosidad –las más-, miradas de sorpresa, de extrañeza, de cariño, de odio, miradas lascivas y miradas perdidas. Miradas huidizas, desafiantes –las menos- tímidas, tristes, tiernas y también muchas miradas alegres.

Aunque a los ojos no les tocó andar los caminos, ejercieron un papel imprescindible a lo largo de los miles de kilómetros recorridos, ya que sin ellos los pies nunca hubiesen sabido donde posarse y, por otro lado, no habría tenido sentido recorrer ciertos parajes si no hubiese tenido el privilegio de poder verlos. Si tengo que hacer un balance general, creo que este saldo –a diferencia del bancario- sale en positivo, con lo que me doy por satisfecho.

Fueron muchas las cosas bonitas que vieron y disfrutaron mis ojos, las que siguen viendo y disfrutando; y, como estas líneas no tienen vocación de epitafio, espero que sigan viéndolas durante mucho tiempo. Mi retina capturó infinidad de paisajes únicos, acontecimientos espectaculares y momentos únicos. Naturalmente, y como no podría ser de otro modo, también los vio feos y sórdidos, aunque esos pasaron fugazmente. Si tuviera que hacer una lista de momentos destacados empezaría por nombrar todas las situaciones vinculadas a personas “humanas” -enfatizo lo de persona humana porque desgraciadamente el ser persona hoy en día no garantiza la humanidad- y es que tuve la oportunidad y la fortuna de conocer personas increíbles; personas modestas en su mayoría, que han sido capaces de cambiar el curso de los acontecimientos, los pequeños y los grandes.

Sí ya sé que para conocer a esas personas no hubiese necesitado de los ojos -de la misma manera que no es necesario poder caminar para recorrer caminos- pero no puedo dejar de dar gracias a la vida, por haberme permitido ver a las personas que conocí, andando por los caminos recorridos.

Durante este tiempo ha habido gente entrañable, amigos queridos, locos conocidos y absolutos desconocidos que se cruzaron en mi camino y que mi retina atrapó para siempre. Pero como nada hay en la vida que no tenga dos caras, también reconozco que vi muchas cosas que me hubiese gustado no haber visto nunca. ¡Cómo me hubiese gustado saber con cierta antelación qué lugares evitar o en qué escaramuzas no meterme! Eso me hubiese ahorrado, sin lugar a dudas, malos ratos y noches de insomnio. Si mis ojos no hubiesen estado en el momento y en lugar inoportunos, el cerebro no hubiese tenido materia prima con la que machacar mis desvelos nocturnos. Desgraciadamente algunas de esas escenas vuelven a mí de manera recurrente, eligiendo para ello los momentos de mayor vulnerabilidad.

En otros momentos me hubiese gustado que mis pupilas vieran cosas que no pudieron ver. Aún no es tarde para ello, antes de que llegue mi hora me gustaría ver el arco iris de luna, visible únicamente desde algún rincón de las cataratas del Iguazú las noches de luna llena. Me gustará también ver lugares como la Isla de Pascua, Zanzíbar o la ciudad del Cabo; pero si me obligan a priorizar, antepondría la visión de un mundo mucho más justo e igualitario, donde ningún ser humano tenga que responder por cosas por las que yo no tengo que hacerlo al haberme dado el azar la oportunidad de nacer donde lo hice.

Este círculo de visión lo cierro con aquellas cosas que hice que mis ojos no vieran; esas cosas que no quise contemplar. Una veces por simple cobardía, otras veces por bienestar o por salud personal. Cosas para la que espero tener más fuerza en el futuro.

El balance, como decía, creo que es positivo, yo al menos no me quejo; a pesar de las horas de funcionamiento, mi oculista sólo encontró presbicia y no otras patologías de más feo nombre y peor solución.

Javpolo-miradaUna duda me asalta en este momento en el que escribo estas líneas y es que desconozco otras posibles patologías con las que me pueda encontrar con el irremediable transitar del tiempo. Qué otras dolencias tienen las personas cuando cumplen cincuenta, sesenta, ochenta años. No es tema baladí para mi porque qué pasaría si llegara el día en que me diagnosticaran “corazón cansado”.

Creo que esa dolencia tiene bastante peor solución; ahí no puedes ponerte unas gafas para suplir el agotamiento del músculo. Hay ratos, creo que demasiados, en los que pienso que ya tengo esa dolencia. No me extraña ya que puestos a machacar, es el corazón el que más ha sufrido conmigo –aunque creo que ahora no estoy hablando de patologías médicas- y el que más difícil lo ha tenido. Pero debe ser también el órgano que más fácilmente se recupera, porque si no fuera así a estas alturas lo estaría viendo todo gris o quién sabe qué más.

Decididamente el corazón debe ser una compleja máquina capaz de resetearse  sola y de una flexibilidad prodigiosa, es capaz de llenar los huecos dejados por aquellos afectos menores con esos otros nuevos que nos vamos encontrando en nuestro largo transitar por la vida; pero a la vez conserva siempre en su interior el recuerdo de aquellas personas que ocuparon y ocupan un lugar destacado en nuestra vida, aunque ya no estén cerca. El corazón, a diferencia de la vista, no necesita tener delante a la persona querida y, a diferencia del cerebro, no necesita de las certezas de la vida o la muerte para conservar el recuerdo de las mismas.

Sí, decididamente es bastante más grave y lesivo tener el corazón cansado que la vista.

Siguiendo por la geografía de mi cuerpo adulto pienso que el estómago también empieza a tener síntomas de cansancio, incluso de agotamiento. Aquí no es por ninguna causa sobrevenida ni porque los maltrate con una alimentación inadecuada; en este caso es de tantos sapos como me hicieron tragar. Es cierto que ésta es la parte del cuerpo que más fácil tiene el reciclaje y la eliminación de las sustancias nocivas, pero los excesos terminan ulcerándolo, que es una dolencia bastante más jodida. Como en todos los anteriores casos, no parece que sea algo que tenga arreglo, la ventaja en este caso es que estos problemas estomacales bien llevados pueden hacer que tu silueta mejore, aunque la cruz de la moneda es que el rostro se agria y a veces se extiende también al carácter. Mal apaño por tanto, mejor medicina es dejar de tragar sapos y procurar que nada que no deba entrar se quede allí más tiempo del necesario.

También creo que tengo un poquito de oídos cansados. Tampoco me extraña si repaso la cantidad de sandeces que escucharon a lo largo de los años. Pero en este caso es algo bastante más fácil de recuperar, porque también abundan las frases bonitas y agradables, los sonidos de la naturaleza o el inocente llanto de los bebes. Todos esos otros sonidos trocan el saldo arrojando un resultado otra vez positivo. De todas maneras, en el peor de los casos basta con ponerse unos de esos tapones de cera, de los que se usan para nadar, o con enchufarte a tu música favorita, que para algo se inventaron los mp3 y los i-pods.

Algo que nunca puede llevar el adjetivo de cansado es el sueño. Sería una contradicción; pero en mi caso también padezco los rigores del devenir del tiempo y mi apnea del sueño ya fue diagnosticada mucho antes de lo de la vista. Esto explica el que mis mejores sueños siempre los tuve despiertos. Esta dolencia no tiene mal arreglo; eso sí, tienes que acostumbrarte a dormir cada noche con un respirador que vela por tus dulces sueños, pero que es la antilujuria, peajes que le toca pagar a uno.

En definitiva, que los años no pasan en balde y que con ellos vamos necesitando de ayudas técnicas para seguir en aquellas batallas para las que antes nos sobrábamos solos, pero en cualquier caso no estoy dispuesto a renunciar a ellas, así que tendré que incorporar a mis rutinas el uso de las susodichas gafas, las revisiones médicas periódicas y las citas en la unidad del sueño. Y es que me queda tanto por ver, por oír y por sentir…

@javpolo