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@Javpolo

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Dejé de hablar de política

Con nadie hablo ya de política, dejé de hacerlo harto de conversaciones dogmáticas o huecas. Me dediqué a hablar del tiempo desde que todo el mundo decidió cuál es su trinchera y desde ella discuten, pontifican y algunos increpan sin esperar más que la rendición del que no piensa como ellos; algo que nunca sucede porque desde la trinchera contraria se dedican a hacer exactamente lo mismo.

Lo curioso es que dejé de hacerlo hasta con las personas más afines a mi ideología porque ya no sólo debes elegir esa trinchera desde la que disparar, sino que es fundamental definir también en qué sector de ella te encuentras. Hace tiempo que mis pasos andan lejos de militancias políticas precisamente por esto; algo de lo que me alegro infinitamente.

Da igual el partido político al que mires, en todos cuecen las mismas habas. Al tradicional “quítate tú para ponerme yo” se une ahora las “sensibilidades” y con ellas nos encontramos que, dependiendo de la región donde te encuentres, los votantes del mismo partido político pueden ser más de derechas, más de izquierdas o mediopensionistas. ¿Cómo pueden Ayuso, Feijó y Moreno militar en el mismo partido defendiendo posturas tan contrapuestas?

Me aburrí de dar opiniones, incluso cuando son solicitadas. Nadie quiere saber realmente lo que opinas, sencillamente necesitan la excusa para lanzar su beligerante perorata sobre la tragedia de que gobiernen los contrarios cuando lo que el país espera con urgencia es a los suyos. Mientras tanto la gente muriendo, la economía hundiéndose y el futuro convertido en una entelequia de la que nadie se hace responsable.

Los partidos, a lo suyo, se votó en Cataluña, se votará en Madrid y todos niegan que se vaya a votar pronto en Andalucía (aunque lo hacen mirando por el rabillo del ojo a Madrid y su cuatro de mayo por si…).

Pues eso, que dejé de hablar, pero nunca me desentendí, ni mucho menos, de ejercer como ciudadano, Aun así: ¡qué pereza!

Opiniones compartidas en: Irispress y La Mar de Onuba

Olvidados en el “no lugar”

Es difícil encontrar noticias de portada sobre los recientes incidentes en el Sáhara Occidental; Marruecos minimiza unos ataques que el Polisario ha elevado a la categoría de actos de guerra. En cualquier caso, estos incidentes cambian radicalmente la situación que se mantenía desde hace 29 años y vuelve a poner sobre la mesa un conflicto que la comunidad internacional nunca tuvo voluntad de cerrar.

El pueblo saharaui fue abandonado a su suerte en el año 75 del siglo pasado, primero por España, después por el resto del mundo -con Francia y Estados Unidos a la cabeza- que encargaron a la ONU un simulacro de referéndum que esta no ha sido capaz de organizar. La realización de este referéndum y el despliegue de las tropas del MINURSO fueron condiciones del acuerdo de finalización de la guerra en el año 91.

Casi treinta años después de acabada la guerra todo sigue exactamente igual y ningún actor internacional se atreve a decir en voz alta algo que todos han asumido: nunca habrá referéndum. Marruecos ha jugado –y juega- muy bien sus cartas en ese escenario y ningún país de los que podrían inclinar la balanza va a hacer nada para molestar a un vecino que les arregla el patio trasero en una región tan convulsa como el Magreb.

Pero en esos veintinueve años desde que acabó la guerra -cuarenta y cinco desde el origen del conflicto- son varias las generaciones de saharauis que han nacido en los campos de ese “no lugar” situado en la hammada argelina cerca de Tinduf, o en Mauritania o en el Sáhara ocupado por Marruecos. Estos jóvenes llevan años presionando a un ajado Frente Polisario que se acomodó en ese callejón sin salida de la ayuda internacional y del buenismo militante.

Junto a Brahim Gali, Presidente de la RASD y Secretario General del Frente Polisario.

Era más que previsible que este paso se iba a dar. El último congreso del Polisario, hace un año, ya abrió esa vía. Pero nadie miraba, ni tan siquiera la ONU, esos que estaban allí para mirarlo todo. Ahora vemos encenderse nuevamente una región donde los extremismos campan a sus anchas y dónde nunca se sabe cómo acaban las cosas. 

Y España, como si no fuera con nosotros. Hemos desterrado de nuestra memoria que España es la responsable última de todo. Que para la legalidad internacional seguimos siendo la potencia colonial de un territorio que nunca fue descolonizado formalmente. Que buena parte de los que hicieron la guerra en los años ochenta tenían en su bolsillo un DNI español. Parece como si con el papel que juega la agencia de Cooperación Española y las ongs -que mantienen las despensas de Tinduf llenas- hayamos redimido nuestro pecado original.

No sé qué recorrido tendrá esta guerra total, según el Polisario, o estos incidentes menores, según un henchido Marruecos sabedor que ningún país europeo, ni el amigo americano, harán nada contra sus intereses. Pero los jóvenes saharauis han dicho basta y ya nada va a ser igual; al tiempo.

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De pronto

Hay una pandemia más letal a largo plazo que la del Covid-19; la tenemos invisibilizada como todas esas cosas que llevan toda la vida con nosotros: la desigualdad económica.

La última edición de los Indicadores Urbanos del Instituto Nacional de Estadística (INE), vuelve a poner en evidencia que las siete ciudades españolas con menor renta per cápita son andaluzas, cinco de los seis barrios más pobres del país son también andaluces (tres en Sevilla ciudad) y adivinen donde se encuentran las cinco primeras localidades con mayor tasa de paro: en Andalucía. De estas últimas, destaca especialmente Linares (Jaén), con casi un 31% de tasa de paro. El día que haya un estallido social allí todo el país dirá eso de “de pronto…” como si las cosas que ocurren en el mundo realmente pasasen de pronto.

No seamos ilusos, nadie desvelará su sueño ni unos minutos por estos datos repetidos año tras año, algunos dirán que no son reales, que con un 31% de paro y poco más de 5.000 euros de renta media anual (en los casos más extremos) es obvio que viven de la economía sumergida, como si eso fuese una elección propia. Saldrán los de siempre diciendo que en el campo hay miles de peonadas que nadie quiere hacer sin preguntarse por qué los jornaleros andaluces siguen acudiendo a la vendimia francesa, por ejemplo, y pocos acuden a la recogida de la fresa en Huelva.

El gobierno -los gobiernos- presumirá con las tasas de crecimiento de los distintos sectores económicos en este año que pueden seguir haciéndolo; no quiero ni pensar los datos que reflejará la edición de 2021. Hablarán del crecimiento acumulado en los últimos años como si este se hubiese repartido equilibradamente o como si esa frase no fuese un canto de sirena en Linares, en La Línea, en Isla Cristina… Ese mismo gobierno hablará del refuerzo policial ante el repunte “de pronto…” del narcotráfico en Andalucía, actividad económica que no para de crecer al ser la única opción real en buena parte de las poblaciones y barrios de ese perverso ranking del INE.

Hace años que perdí cualquier esperanza de que las autoridades se tomaran el revertir estos datos como prioridad y emergencia nacional. Ya solo me conformo con que, en algún momento, esta realidad sea incluida en la agenda social de gobierno. Sí, ya sé que soy un poco iluso, que sólo se incluirán estos asuntos si algún día “de pronto…” ocurre algo que lo coloque en el prime time de las televisiones.

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Libertad

Libertad, la palabra más bonita y seductora del diccionario. En su nombre se han iniciado revoluciones, se han movilizado multitudes, se ha marchado contra palacios de invierno, se ha derramado sangre… Su conquista nunca fue gratuita. En tantas ocasiones de la historia de España se consiguió como veces se esfumó.

Preciosa palabra que suena de una falsedad abrumadora en la boca de quienes solo la utilizan a conveniencia. Los que la usan para dividir, para anular a los que no piensan como ellos. Qué triste ver esas bocas no autónomas que la nombran, sin que parezcan conscientes de cómo están siendo usadas por quienes persiguen intereses espurios y que, en realidad, solo la están reclamando para sus iguales, para los que tienen su misma concepción política y clase social.

Reclaman la libertad de protestar contra un gobierno que no gestiona bien, obviando que el problema real es que no es el gobierno que ellos pretendían. Exigen la libertad de movimientos en mitad de una pandemia que cercena la vida de cientos de miles de personas en todo el mundo. Demandan la libertad de ser de sus familias sin estar dispuestos a aceptar que existan otras que no responden a sus cánones. Hablan de libertad para su religión, asumiendo que las otras deben ser una concesión arbitraria. Reclaman, exigen, demandan… porque la preservación de la salud pública y la vida es algo etéreo y lo de poder almorzar en mi restaurante favorito con mis amigos es concreto.

Como ya algunos manifestantes no tienen edad ni salud para excesos, en este canto diario a la libertad se llevan a su asistenta, esa chica de la periferia que ha tenido la suerte de ser acogida en casa por un salario que ellos consideran justo, aunque el resto del planeta diga que es mínimo. En su sueldo va incluido el atizar la cacerola que ellos no son capaces siquiera de portar, no hablemos ya de usar. Quizás esa chica sea de otro país, del otro lado del Atlántico, donde ya vivieron caceroladas parecidas como preludio de esa “libertad” que impusieron militares armados.

No, no nombres nunca la palabra libertad cuando no conoces su significado y lo único que pretendes es aprovecharte de una desgracia para, una vez más, defender tus intereses particulares.

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Distancia social versus distancia física

Desde el principio pensé que llamar distancia social a lo que es mera distancia física había sido un lapsus de quienquiera que sea el que le pone nombre a estas cosas. Después de ver las colas para recibir comida en un buen número de barrios de nuestro país, de cómo se están administrando la realización de pruebas de detección del Covid y de tantas otras escenas que vemos cada día, estoy convencido no solo que no se trata de ningún lapsus sino de que ese quienquiera que sea puso el nombre con toda la intención del mundo.

Si bien las pandemias nos igualan a todos en la enfermedad nuestra cuna y nuestra biografía nos marca el devenir. Así, quien tuvo la suerte de nacer en el lugar adecuado, de poder conseguir una buena posición o éxitos profesionales, anda estos días más preocupado de su conexión wifi, de cuándo retomar esas cervezas aplazadas o de cuándo poder renovar el vestuario que de la cesta diaria de una casa donde aún no se cobró la prestación del ERTE o donde no es posible encontrar un sustento estable, porque la economía de subsistencia también anda en cuarentena.

La distancia física es una medida sanitaria. La distancia social es la que realmente va a marcar el devenir de los próximos meses, puede que años, y que hará que demasiadas familias no salgan de esta. Sí, es cierto que esta distancia social ya estaba entre nosotros; pero no es menos cierto que los sucesos extraordinarios agrandan la brecha y multiplican la desesperación. Si desde la sociedad en su conjunto, y desde sus instituciones, no se arbitran soluciones para que esa brecha no se abra en exceso habremos fracasado como ciudadanos.

Si el Estado y la sociedad no responde a las necesidades, los ciudadanos buscarán salidas. Si hay personas a las que no les ha parado las multas, incluso las detenciones, para salir de su casa incumpliendo las indicaciones de las autoridades porque estaban desesperados con este encierro ¿de qué no serán capaces los que no puedan garantizar llevar un plato de comida a la mesa familiar?

Por favor, recordad que no estamos solos; cumplamos la distancia física escrupulosamente para evitar rebrotes de esta peste del siglo XXI, pero -bajo ningún concepto- apliquemos la distancia social. La salida de todos a esta crisis tiene que ser un objetivo de la sociedad, sin excepciones.

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(a)Normalidad

El reloj suena a la intempestiva hora a la que lo hacía hasta mediados del pasado marzo. Sin embargo hoy no me causa ningún desasosiego, es más, me siento como un escolar en septiembre, cuando se retoman las clases después del largo verano. Cuido un poco más el vestuario, el afeitado y me miro más reiteradamente al espejo. Las llaves del despacho, el ordenador, los papeles… todo está preparado y revisado desde la noche anterior. Me dirijo a la oficina a reanudar el trabajo presencial que quedó varado hace algo más de mes y medio. Como he hecho siempre, voy paseando; soy de esos privilegiados que trabajan a una distancia razonable de casa.

Pero esa sensación de que todo vuelve a la normalidad me dura pocos minutos. He desayunado en casa antes de salir, algo que en mí no es nada habitual. Llevo una mascarilla en la cara, al igual que el resto de transeúntes que van como yo a sus lugares de trabajo. Hay otros viandantes que van en ropa deportiva, algo raro porque son mayoría los que ni corren ni hacen, aparentemente, ningún ejercicio más allá de caminar. Los primeros, los que vamos camino del trabajo, mantenemos la distancia al cruzarnos, los otros no parecen que vayan con tanto cuidado. Conforme me adentro en las callejuelas que acortan mi camino hasta el centro de la ciudad me voy quedando solo. Durante más de cinco minutos no me cruzo con nadie, ni tan siquiera con vecinos paseando a sus perros. Sé que he llegado a la oficina cuando me encuentro con la Giralda; aquí ya hay mucha más actividad, aunque no hay ningún turista, ni se le espera. No puedo evitar pararme unos segundos -quizás hasta un minuto- ante este minarete para hacer algo que no recuerdo haber hecho en años, contemplarlo como si fuese un visitante que la descubre por primera vez.

En la oficina todo está igual que lo dejé pero vacío. Los compañeros siguen en sus casas “teletrabajando”. La actividad es intensa, como lo ha sido durante todo el confinamiento, pero todo es virtual. Estoy solo en unos despachos que habitualmente son un hervidero. Me asomo a la ventana y no hay bullicio; no hay tránsito, no hay manifestaciones, no hay riadas de foráneos haciéndose selfies. A media mañana me apetece un café, pero no puedo bajar a tomarlo porque ¿adónde? Afortunadamente la actividad no para, por muy virtual que sea, y eso me hace no notar que llegó la hora de volver a casa.

La vuelta al hogar tiene un problema añadido. Esto es Andalucía y, aunque este año el calor ha tardado en aparecer, a esta hora la temperatura ambiental supera generosamente los treinta grados. Dudo si tomar el único taxi que hay en una calle desierta, finalmente opto por volver a recorrer andando el camino de vuelta, aunque esta vez uso la mascarilla más como complemento de vestuario que como medida de protección; caminando con este calor necesito todo el aire que puedan aspirar mis pulmones y ahora la mascarilla tapa mi barbilla, dejando libre las vías respiratorias. Sólo me la coloco en su protector lugar en las dos ocasiones en las que me cruzo con otros transeúntes.

Vuelvo a leer estas notas de mi primer día de vuelta a la presunta normalidad y descubro que esta ya dejó de ser normal. No sé cómo serán las próximas semanas o meses, pero tengo la certeza que será algo distinto a lo que hemos vivido hasta ahora. Además pienso que algunas de estas “anormalidades” vinieron para quedarse definitivamente entre nosotros.

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Portugal, como en el 74, marca el camino.

Es repugnante” fueron las palabras que Antonio Costa, primer ministro portugués, le dedicó a Wopke Hoekstra, ministro de finanzas holandés, tras el ataque de este a España en la sesión extraordinaria del Consejo Europeo con motivo de la crisis del coronavirus. En un foro nada acostumbrado a escuchar palabras francas, por una vez, sonaron unas que llamaban a las cosas por su nombre.

El 25 de abril se conmemora el 46 aniversario de la Revolución de los Claveles en el país luso. Un día en el calendario que transformó a Portugal y que fue ejemplo en el mundo. Una revolución promovida por capitanes de un ejército que disparó claveles en lugar de balas y que provocó un cambio radical del país de abajo hacia arriba, sin violencia, algo nunca visto en Europa. En España, tuvimos que esperar año y medio más para vivir nuestra propia transformación política que, en este caso, fue provocada por la muerte natural de quien gobernaba con puño de hierro.

Como ya hiciera en 1974, Portugal nos marca de nuevo el camino. Pero como siempre hemos visto a nuestro vecino con cierto recelo, no parece que hayamos aprendido nada. Otra vez estamos más pendiente de la muerte natural de quienes se alternan en gobernarnos que de tomar iniciativas que redunden en el beneficio de quienes, desgraciadamente, hemos aceptado ser gobernados por aquellos que repitieron curso.

En Portugal la oposición apoya las decisiones de su gobierno en todo lo relacionado con la gestión de la pandemia. El líder de la oposición, Rui Rio, considera que lo contrario “no es patriótico” y que “su suerte (la del gobierno) será nuestra suerte”. También han regularizado la situación de todos los inmigrantes sin papeles, porque no se puede pretender controlar la salud de un país de algo más de diez millones de habitantes si medio millón de ellos no existen para la sanidad pública.

Tienen a un Jefe de Estado elegido democráticamente (sí, eso pasa en la mayoría de los países del mundo), Marcelo Rebelo de Sousa, un hombre muy mediático que tiene el mismo porcentaje de aceptación entre la población como años a sus espaldas: 71. También un antiguo primer ministro, Antonio Guterres, es el actual Secretario General de Naciones Unidas.

Podría seguir con ejemplos, pero para qué. No conseguiría más que enfadarme más de lo que ya estoy con lo que veo a diario en mi país. Este 25 de abril sonará de nuevo por toda Portugal el “Grándola Vila Morena”, esa canción que marcó el inicio de la Revolución y que nos habla de esa tierra de fraternidad en un pueblo que es el que manda. Nosotros seguiremos con nuestro “resistiré”. No les recomiendo que comparen las letras de ambas canciones, a mí se me ha ocurrido hacerlo y ando contando los días que faltan para esa apertura de fronteras que me permita volver a pasear por las calles de Lisboa.

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¿Y si la normalidad era esto?

Desde que empezó esta cuarentena, que pronto será cincuentena, mi cuenta corriente ha crecido. Soy de los afortunados que siguen trabajando, por lo que -de momento- no he tenido merma en mis ingresos; algo que sí ha ocurrido con mis gastos.

Al teletrabajar no tengo que desplazarme ni comer en la calle, algo que es más oneroso que hacerlo en casa. Dejé los bares, las salidas, las actividades fuera de casa… He tenido tiempo para repasar mis cuentas personales, con lo que he podido anular algún gasto innecesario que tenía por ahí. Me he ahorrado los gastos extraordinarios de la Semana Santa o de la Feria de Abril. Pero sobre todo, he dejado de viajar, que en mi caso es la partida que más dinero se lleva al cabo del año, después de la alimentación.

Sí, ya sé que es una frivolidad pensar en tu economía personal cuando la del planeta se desmorona, algo que terminará afectándome también a mí, y más temprano que tarde. Lo que apunto no es por loar el confinamiento sino para reflexionar sobre el modo de vida que hasta ahora he llevado.

Si hablamos exclusivamente de consumo, puedo decir que después de cuarenta días de confinamiento echo de menos muchas cosas, pero ninguna relacionada con bienes de consumo. Si tengo un importante stock de libros que estoy leyendo estos días en casa, es porque en los meses anteriores he comprado libros por encima de mis posibilidades lectoras. Si no estoy comiendo mal y estoy ahorrando dinero, probablemente puedo reducir el número de días que como en la calle. Si mis comidas las hago en casa con agua, puede que estuviera consumiendo cervezas más por los contextos que por una necesidad real de calmar mi sed. Y así todo.

¿Adónde quiero llegar? Pues a la obviedad de que no deberíamos considerar el decrecimiento como la bestia negra. Que hay vida al margen del crecimiento continuo que defienden los grandes gurús y que tanto destruye a nuestro planeta y a nuestra sociedad. Obviamente si todos bajamos nuestros niveles de consumo, estaremos bajando a la larga también los de ingresos; si no se consume, no se podrá producir y vender tanto. Pero en nuestras cuentas personales, si reducimos ingresos y gastos, el resultado puede salir más o menos parejo; quienes principalmente notarán este decrecimiento son los que se dedican a amasar fortunas en paraísos fiscales.

¿Para qué comprar más libros de los que puedo leer? ¿Para qué renovar mis equipos informáticos si los que tengo siguen cumpliendo su función? ¿Para qué cambiar mi móvil cada año, por mucho que la compañía telefónica me lo ofrezca? ¿Para qué…?

El confinamiento me va a provocar que abrace con ansia las teorías del decrecimiento y que empiece a pensar que eso que llamamos “lo normal” es una anormalidad como una catedral de grande. Eso sí, a lo que no renunciaré nunca es a mis viajes, mientras las fuerzas, y la cartera, me acompañen.

Opiniones compartidas en: Irispress y La Mar de Onuba.

Dios mío, ¿qué es España?

Aunque hace ya algunos meses que lo presentó, leo ahora el último libro de Juan Antonio Molina: Dios mío, ¿qué es España? Una crónica de actualidad de nuestro país, editado por Izana.

Para los que conocemos el trabajo de Juan Antonio siguiendo sus habituales columnas semanales en los distintos medios digitales en los que colabora, pocas sorpresas nos depara el libro. Sabemos de su compromiso y su constante llamada a tomar partido por la construcción de una alternativa al actual sistema político y económico.

En esta selección de artículos denuncia el secuestro de la democracia por el poder y los mercados. Analiza la realidad del país desde la perspectiva de las consecuencias dramáticas que tiene sobre nuestra sociedad la actual debilidad del estado de bienestar y la mala calidad de nuestra democracia.

Un libro interesante, fácil de leer y que no deja indiferente.

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