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Una vida de teatro

En la noche del día que Sevilla le impuso la medalla de la ciudad, Jorge Cuadrelli emprendió su viaje definitivo. Vivió una vida plena, la de un hombre excepcional, un artesano del teatro, un maestro de los de antes, un hombre comprometido con la justicia y un pasional tertuliano. En realidad, pasión debe ser su tercer apellido porque es algo que le acompañaba en todo lo que hacía.

Jorge tiene una biografía de la que se podría sacar una novela. Por resumirla en los pocos caracteres que se exigen hoy en día, y para no aburrir a los que nunca leerán un libro, diré que tuvo que huir de su Argentina natal tras el golpe de Videla. Se vino a Europa y acabó refugiado en Milán, donde vivió en una comuna en la que acabó conociendo a una trianera, Maite Lozano, de la que se enamoró hasta el punto de volver a hacer las maletas y acabar en la Sevilla post-Expo. Aquí ambos fundaron una familia y una escuela-compañía de teatro, Vientosur, que hoy es la más antigua de la ciudad.

Yo lo conocí después de todo esto, nuestra amistad hubiese alcanzado este verano la mayoría de edad. Pero estos dieciocho años dieron mucho de si. Él, por ejemplo, fue el culpable principal de que yo empezara a dedicarme a hacer cine desde que, en uno de nuestros encuentros me “obligara” a apuntarme a un curso de guion que empezaba en esos días en su escuela. Antes de aquello ya me hizo ir a la Sierra del Escambray, en Cuba, donde estaban construyendo una casa en una comunidad de teatro. Allí volveríamos unos años después y juntos recorrimos también la Sierra Maestra llevando cine y teatro de pueblo en pueblo -junto con los amigos de la cubana Televisión Serrana- en un periplo que recordaba a Lorca y a su teatro de La Barraca. En aquel viaje discutimos mucho; él tan militante, yo tan posibilista…

En momentos como este, toca elogiar al gran hombre que fue, a su obra, a su coherencia, a su vida tan rica de aventuras. Pero no me sale. Yo sólo puedo hablar del amigo en mayúsculas que siempre lo consideré. Ese amigo de infinitas broncas -siempre políticas- pero sincero, leal e incitador. Era un pedagogo de las artes y especialmente del teatro al que le dedicó toda su vida. Hoy recuerdo sobre todo su sinceridad; todas las veces que me dijo que le gustaba lo que estaba haciendo y las no pocas en las que lo consideraba directamente una mierda (así de gráfico era).

La última vez que comimos juntos fue el Miércoles Santo pasado. Tuvimos una conversación serena donde me seguía hablando de proyectos de futuro a pesar de que ya se movía en un carro eléctrico y estaba enganchado a un respirador. En el día de San Fernando, su ciudad de adopción le homenajeó, pero él ya no pudo asistir; la siguiente madrugada, con la tranquilidad que pocas veces tuvo y tras despedirse de los suyos, partió a esas otras tierras donde se hallan todos los que le precedieron en la enseñanza del arte de Molière.  Descansa, amigo querido.

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Dejé de hablar de política

Con nadie hablo ya de política, dejé de hacerlo harto de conversaciones dogmáticas o huecas. Me dediqué a hablar del tiempo desde que todo el mundo decidió cuál es su trinchera y desde ella discuten, pontifican y algunos increpan sin esperar más que la rendición del que no piensa como ellos; algo que nunca sucede porque desde la trinchera contraria se dedican a hacer exactamente lo mismo.

Lo curioso es que dejé de hacerlo hasta con las personas más afines a mi ideología porque ya no sólo debes elegir esa trinchera desde la que disparar, sino que es fundamental definir también en qué sector de ella te encuentras. Hace tiempo que mis pasos andan lejos de militancias políticas precisamente por esto; algo de lo que me alegro infinitamente.

Da igual el partido político al que mires, en todos cuecen las mismas habas. Al tradicional “quítate tú para ponerme yo” se une ahora las “sensibilidades” y con ellas nos encontramos que, dependiendo de la región donde te encuentres, los votantes del mismo partido político pueden ser más de derechas, más de izquierdas o mediopensionistas. ¿Cómo pueden Ayuso, Feijó y Moreno militar en el mismo partido defendiendo posturas tan contrapuestas?

Me aburrí de dar opiniones, incluso cuando son solicitadas. Nadie quiere saber realmente lo que opinas, sencillamente necesitan la excusa para lanzar su beligerante perorata sobre la tragedia de que gobiernen los contrarios cuando lo que el país espera con urgencia es a los suyos. Mientras tanto la gente muriendo, la economía hundiéndose y el futuro convertido en una entelequia de la que nadie se hace responsable.

Los partidos, a lo suyo, se votó en Cataluña, se votará en Madrid y todos niegan que se vaya a votar pronto en Andalucía (aunque lo hacen mirando por el rabillo del ojo a Madrid y su cuatro de mayo por si…).

Pues eso, que dejé de hablar, pero nunca me desentendí, ni mucho menos, de ejercer como ciudadano, Aun así: ¡qué pereza!

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Olvidados en el “no lugar”

Es difícil encontrar noticias de portada sobre los recientes incidentes en el Sáhara Occidental; Marruecos minimiza unos ataques que el Polisario ha elevado a la categoría de actos de guerra. En cualquier caso, estos incidentes cambian radicalmente la situación que se mantenía desde hace 29 años y vuelve a poner sobre la mesa un conflicto que la comunidad internacional nunca tuvo voluntad de cerrar.

El pueblo saharaui fue abandonado a su suerte en el año 75 del siglo pasado, primero por España, después por el resto del mundo -con Francia y Estados Unidos a la cabeza- que encargaron a la ONU un simulacro de referéndum que esta no ha sido capaz de organizar. La realización de este referéndum y el despliegue de las tropas del MINURSO fueron condiciones del acuerdo de finalización de la guerra en el año 91.

Casi treinta años después de acabada la guerra todo sigue exactamente igual y ningún actor internacional se atreve a decir en voz alta algo que todos han asumido: nunca habrá referéndum. Marruecos ha jugado –y juega- muy bien sus cartas en ese escenario y ningún país de los que podrían inclinar la balanza va a hacer nada para molestar a un vecino que les arregla el patio trasero en una región tan convulsa como el Magreb.

Pero en esos veintinueve años desde que acabó la guerra -cuarenta y cinco desde el origen del conflicto- son varias las generaciones de saharauis que han nacido en los campos de ese “no lugar” situado en la hammada argelina cerca de Tinduf, o en Mauritania o en el Sáhara ocupado por Marruecos. Estos jóvenes llevan años presionando a un ajado Frente Polisario que se acomodó en ese callejón sin salida de la ayuda internacional y del buenismo militante.

Junto a Brahim Gali, Presidente de la RASD y Secretario General del Frente Polisario.

Era más que previsible que este paso se iba a dar. El último congreso del Polisario, hace un año, ya abrió esa vía. Pero nadie miraba, ni tan siquiera la ONU, esos que estaban allí para mirarlo todo. Ahora vemos encenderse nuevamente una región donde los extremismos campan a sus anchas y dónde nunca se sabe cómo acaban las cosas. 

Y España, como si no fuera con nosotros. Hemos desterrado de nuestra memoria que España es la responsable última de todo. Que para la legalidad internacional seguimos siendo la potencia colonial de un territorio que nunca fue descolonizado formalmente. Que buena parte de los que hicieron la guerra en los años ochenta tenían en su bolsillo un DNI español. Parece como si con el papel que juega la agencia de Cooperación Española y las ongs -que mantienen las despensas de Tinduf llenas- hayamos redimido nuestro pecado original.

No sé qué recorrido tendrá esta guerra total, según el Polisario, o estos incidentes menores, según un henchido Marruecos sabedor que ningún país europeo, ni el amigo americano, harán nada contra sus intereses. Pero los jóvenes saharauis han dicho basta y ya nada va a ser igual; al tiempo.

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De pronto

Hay una pandemia más letal a largo plazo que la del Covid-19; la tenemos invisibilizada como todas esas cosas que llevan toda la vida con nosotros: la desigualdad económica.

La última edición de los Indicadores Urbanos del Instituto Nacional de Estadística (INE), vuelve a poner en evidencia que las siete ciudades españolas con menor renta per cápita son andaluzas, cinco de los seis barrios más pobres del país son también andaluces (tres en Sevilla ciudad) y adivinen donde se encuentran las cinco primeras localidades con mayor tasa de paro: en Andalucía. De estas últimas, destaca especialmente Linares (Jaén), con casi un 31% de tasa de paro. El día que haya un estallido social allí todo el país dirá eso de “de pronto…” como si las cosas que ocurren en el mundo realmente pasasen de pronto.

No seamos ilusos, nadie desvelará su sueño ni unos minutos por estos datos repetidos año tras año, algunos dirán que no son reales, que con un 31% de paro y poco más de 5.000 euros de renta media anual (en los casos más extremos) es obvio que viven de la economía sumergida, como si eso fuese una elección propia. Saldrán los de siempre diciendo que en el campo hay miles de peonadas que nadie quiere hacer sin preguntarse por qué los jornaleros andaluces siguen acudiendo a la vendimia francesa, por ejemplo, y pocos acuden a la recogida de la fresa en Huelva.

El gobierno -los gobiernos- presumirá con las tasas de crecimiento de los distintos sectores económicos en este año que pueden seguir haciéndolo; no quiero ni pensar los datos que reflejará la edición de 2021. Hablarán del crecimiento acumulado en los últimos años como si este se hubiese repartido equilibradamente o como si esa frase no fuese un canto de sirena en Linares, en La Línea, en Isla Cristina… Ese mismo gobierno hablará del refuerzo policial ante el repunte “de pronto…” del narcotráfico en Andalucía, actividad económica que no para de crecer al ser la única opción real en buena parte de las poblaciones y barrios de ese perverso ranking del INE.

Hace años que perdí cualquier esperanza de que las autoridades se tomaran el revertir estos datos como prioridad y emergencia nacional. Ya solo me conformo con que, en algún momento, esta realidad sea incluida en la agenda social de gobierno. Sí, ya sé que soy un poco iluso, que sólo se incluirán estos asuntos si algún día “de pronto…” ocurre algo que lo coloque en el prime time de las televisiones.

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Libertad

Libertad, la palabra más bonita y seductora del diccionario. En su nombre se han iniciado revoluciones, se han movilizado multitudes, se ha marchado contra palacios de invierno, se ha derramado sangre… Su conquista nunca fue gratuita. En tantas ocasiones de la historia de España se consiguió como veces se esfumó.

Preciosa palabra que suena de una falsedad abrumadora en la boca de quienes solo la utilizan a conveniencia. Los que la usan para dividir, para anular a los que no piensan como ellos. Qué triste ver esas bocas no autónomas que la nombran, sin que parezcan conscientes de cómo están siendo usadas por quienes persiguen intereses espurios y que, en realidad, solo la están reclamando para sus iguales, para los que tienen su misma concepción política y clase social.

Reclaman la libertad de protestar contra un gobierno que no gestiona bien, obviando que el problema real es que no es el gobierno que ellos pretendían. Exigen la libertad de movimientos en mitad de una pandemia que cercena la vida de cientos de miles de personas en todo el mundo. Demandan la libertad de ser de sus familias sin estar dispuestos a aceptar que existan otras que no responden a sus cánones. Hablan de libertad para su religión, asumiendo que las otras deben ser una concesión arbitraria. Reclaman, exigen, demandan… porque la preservación de la salud pública y la vida es algo etéreo y lo de poder almorzar en mi restaurante favorito con mis amigos es concreto.

Como ya algunos manifestantes no tienen edad ni salud para excesos, en este canto diario a la libertad se llevan a su asistenta, esa chica de la periferia que ha tenido la suerte de ser acogida en casa por un salario que ellos consideran justo, aunque el resto del planeta diga que es mínimo. En su sueldo va incluido el atizar la cacerola que ellos no son capaces siquiera de portar, no hablemos ya de usar. Quizás esa chica sea de otro país, del otro lado del Atlántico, donde ya vivieron caceroladas parecidas como preludio de esa “libertad” que impusieron militares armados.

No, no nombres nunca la palabra libertad cuando no conoces su significado y lo único que pretendes es aprovecharte de una desgracia para, una vez más, defender tus intereses particulares.

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Distancia social versus distancia física

Desde el principio pensé que llamar distancia social a lo que es mera distancia física había sido un lapsus de quienquiera que sea el que le pone nombre a estas cosas. Después de ver las colas para recibir comida en un buen número de barrios de nuestro país, de cómo se están administrando la realización de pruebas de detección del Covid y de tantas otras escenas que vemos cada día, estoy convencido no solo que no se trata de ningún lapsus sino de que ese quienquiera que sea puso el nombre con toda la intención del mundo.

Si bien las pandemias nos igualan a todos en la enfermedad nuestra cuna y nuestra biografía nos marca el devenir. Así, quien tuvo la suerte de nacer en el lugar adecuado, de poder conseguir una buena posición o éxitos profesionales, anda estos días más preocupado de su conexión wifi, de cuándo retomar esas cervezas aplazadas o de cuándo poder renovar el vestuario que de la cesta diaria de una casa donde aún no se cobró la prestación del ERTE o donde no es posible encontrar un sustento estable, porque la economía de subsistencia también anda en cuarentena.

La distancia física es una medida sanitaria. La distancia social es la que realmente va a marcar el devenir de los próximos meses, puede que años, y que hará que demasiadas familias no salgan de esta. Sí, es cierto que esta distancia social ya estaba entre nosotros; pero no es menos cierto que los sucesos extraordinarios agrandan la brecha y multiplican la desesperación. Si desde la sociedad en su conjunto, y desde sus instituciones, no se arbitran soluciones para que esa brecha no se abra en exceso habremos fracasado como ciudadanos.

Si el Estado y la sociedad no responde a las necesidades, los ciudadanos buscarán salidas. Si hay personas a las que no les ha parado las multas, incluso las detenciones, para salir de su casa incumpliendo las indicaciones de las autoridades porque estaban desesperados con este encierro ¿de qué no serán capaces los que no puedan garantizar llevar un plato de comida a la mesa familiar?

Por favor, recordad que no estamos solos; cumplamos la distancia física escrupulosamente para evitar rebrotes de esta peste del siglo XXI, pero -bajo ningún concepto- apliquemos la distancia social. La salida de todos a esta crisis tiene que ser un objetivo de la sociedad, sin excepciones.

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(a)Normalidad

El reloj suena a la intempestiva hora a la que lo hacía hasta mediados del pasado marzo. Sin embargo hoy no me causa ningún desasosiego, es más, me siento como un escolar en septiembre, cuando se retoman las clases después del largo verano. Cuido un poco más el vestuario, el afeitado y me miro más reiteradamente al espejo. Las llaves del despacho, el ordenador, los papeles… todo está preparado y revisado desde la noche anterior. Me dirijo a la oficina a reanudar el trabajo presencial que quedó varado hace algo más de mes y medio. Como he hecho siempre, voy paseando; soy de esos privilegiados que trabajan a una distancia razonable de casa.

Pero esa sensación de que todo vuelve a la normalidad me dura pocos minutos. He desayunado en casa antes de salir, algo que en mí no es nada habitual. Llevo una mascarilla en la cara, al igual que el resto de transeúntes que van como yo a sus lugares de trabajo. Hay otros viandantes que van en ropa deportiva, algo raro porque son mayoría los que ni corren ni hacen, aparentemente, ningún ejercicio más allá de caminar. Los primeros, los que vamos camino del trabajo, mantenemos la distancia al cruzarnos, los otros no parecen que vayan con tanto cuidado. Conforme me adentro en las callejuelas que acortan mi camino hasta el centro de la ciudad me voy quedando solo. Durante más de cinco minutos no me cruzo con nadie, ni tan siquiera con vecinos paseando a sus perros. Sé que he llegado a la oficina cuando me encuentro con la Giralda; aquí ya hay mucha más actividad, aunque no hay ningún turista, ni se le espera. No puedo evitar pararme unos segundos -quizás hasta un minuto- ante este minarete para hacer algo que no recuerdo haber hecho en años, contemplarlo como si fuese un visitante que la descubre por primera vez.

En la oficina todo está igual que lo dejé pero vacío. Los compañeros siguen en sus casas “teletrabajando”. La actividad es intensa, como lo ha sido durante todo el confinamiento, pero todo es virtual. Estoy solo en unos despachos que habitualmente son un hervidero. Me asomo a la ventana y no hay bullicio; no hay tránsito, no hay manifestaciones, no hay riadas de foráneos haciéndose selfies. A media mañana me apetece un café, pero no puedo bajar a tomarlo porque ¿adónde? Afortunadamente la actividad no para, por muy virtual que sea, y eso me hace no notar que llegó la hora de volver a casa.

La vuelta al hogar tiene un problema añadido. Esto es Andalucía y, aunque este año el calor ha tardado en aparecer, a esta hora la temperatura ambiental supera generosamente los treinta grados. Dudo si tomar el único taxi que hay en una calle desierta, finalmente opto por volver a recorrer andando el camino de vuelta, aunque esta vez uso la mascarilla más como complemento de vestuario que como medida de protección; caminando con este calor necesito todo el aire que puedan aspirar mis pulmones y ahora la mascarilla tapa mi barbilla, dejando libre las vías respiratorias. Sólo me la coloco en su protector lugar en las dos ocasiones en las que me cruzo con otros transeúntes.

Vuelvo a leer estas notas de mi primer día de vuelta a la presunta normalidad y descubro que esta ya dejó de ser normal. No sé cómo serán las próximas semanas o meses, pero tengo la certeza que será algo distinto a lo que hemos vivido hasta ahora. Además pienso que algunas de estas “anormalidades” vinieron para quedarse definitivamente entre nosotros.

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Atendieron nuestras plegarias

El protagonista de la obra de teatro de Oscar Wilde “Un marido ideal”, Sir Robert Chiltern, decía aquello de “Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias” y hasta hoy no nos habíamos percatado suficientemente de cuánta razón tenía.

¿Cuántas veces habremos ansiado poder quedarnos en casa? ¿Cuántas veces hemos reivindicado -los que podíamos hacerlo- teletrabajar de verdad, acudiendo lo mínimo a la oficina? Pues tenemos una buena nueva, los dioses atendieron nuestras plegarias. Pero como en aquellos chistes del genio de la lámpara, se nos olvidó perfilar bien los detalles sobre qué pedíamos exactamente, dejándolo a su libre albedrio, que para eso son divinos, la interpretación de nuestras peticiones, pensando que estábamos alineados.

Atendieron nuestras súplicas y, ya que estaban, atendieron de camino las del planeta que a su manera se quejaba de la sobreexplotación de los recursos, del daño irreversible que los humanos hemos hecho y del que nosotros mismos nos hemos autoinfligido.

Lo tuvieron claro, con una pandemia mataban dos pájaros de un tiro, atendían las plegarias de los humanos y las del planeta. Y aquí estamos. Pero como entre todos ellos se encontraba el Dios cristiano, ese que aprieta pero no ahoga, al menos ha querido ayudarnos retrasando la subida de las temperaturas y enviándonos tormentas; algo que nos predispone mejor a no abandonar el hogar.

La pandemia nos pilló con una sanidad mermada por años de recortes, con unos políticos en todo el mundo a los que, en sus manos, el Imperio Romano les hubiese durado tres telediarios y con buena parte de la ciudadanía dedicada a las apariencias, que a la luz del día sale a los balcones a aplaudir, cantar o lo que toque; pero que en las tinieblas de la noche se dedica a colgar carteles en sus portales, o tweets en sus redes, que cumplen con los once principios de Goebbels. De los miles de fallecidos se habla lo justo. Porque siempre nos dio miedo la verdad y porque sólo existe lo que nos toca de cerca.

En fin; que a ver si aprendemos algo de todo esto. Yo me conformo con que consigamos aclarar cuáles son nuestras prioridades y que seamos más específicos cuando redactamos nuestras listas de deseos.

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Malcriados

Creo que nos malcriaron. Nos habían enseñado que la vida era como las frases que nos regala Paulo Coelho, que el bienestar era una conquista que  no tenía marcha atrás y mira… “Una gripe joía” (que diría Paco Gandía) ha puesto el mundo boca abajo.

Por eso nos resistimos a entender cómo pudo sucedernos y -como lo seguimos considerando un mal sueño- ahí estamos haciendo actividades del tipo “la vida es bella” y colgándolas en nuestras redes sociales, después de su paso por el balcón de casa.

Pero como no terminamos de fiarnos del todo de que esto sea lo que queremos que sea, antes de los memes, de los pensamientos positivos y agradecimientos a todo el mundo mundial, arrasamos los supermercados, por si acaso. Ahora estamos en los balcones y, entre aplauso y aplauso, increpamos a los que están en la calle, a pesar de no saber por qué lo hacen. Criticamos a los gobiernos (a todos) por las decisiones que toman ante un problema absolutamente desconocido. Curiosamente son esos mismos gobiernos que previamente habíamos votado y que tan bien, según algunos, resolvieron lo de la economía a base de recortar las partidas de gasto sanitario y social, entre otras.

Desde que comenzó todo, nos engañamos utilizando una nueva unidad de medida: quince días. Del mes de abril nos tendremos que olvidar, igual que hemos hecho ya con el de marzo, por lo menos en lo que a la actividad económica se refiere; pero seguimos contando los periodos en fracciones de quince días, que es el máximo tiempo que el Congreso puede declarar el estado de alarma.

Como nos malcriaron, somos bien pensados y creemos que esto nos va a hacer mejores personas. Que lo que estamos padeciendo en esta cuarentena va a sacar definitivamente lo mejor de nosotros y que habrá un antes y un después. Nuevamente pensamos en Coelho y nos olvidamos, por ejemplo, que tras la primera guerra mundial vino la segunda y que si por algo se caracteriza el ser humano es por la falta de memoria.

No sabemos cuándo acabará esto, y el que diga que lo sabe miente. Pero yo me atrevo a hacer una profecía: acabe esto cuando acabe, el buenismo durará el tiempo de esa nueva unidad de medida acuñada, quince días. Luego volverá a ser todo como antes; seguiremos sin saludarnos en los rellanos de la escalera, volverá a ser penoso eso de sacar los perros a pasear, volverá la contaminación a nuestras ciudades, los animales salvajes dejarán de pasearse por los núcleos de población, seguiremos metiéndonos con los gobiernos y los “cuñaos” seguirán impartiendo videodoctrina en twitter e instagram.

No crean tras la lectura de estas líneas que soy un pesimista. A pesar de lo escrito veo el futuro con optimismo, con mucho optimismo si me apuran. En lo que no confío es en esa bondad 2.0 sobrevenida, porque no es la primera pandemia que asola a la humanidad, ni será la última, y porque conocí en primera persona las consecuencias de algún desastre natural y de alguna guerra.

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