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@Javpolo

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textos de contenido social o político

De pronto

Hay una pandemia más letal a largo plazo que la del Covid-19; la tenemos invisibilizada como todas esas cosas que llevan toda la vida con nosotros: la desigualdad económica.

La última edición de los Indicadores Urbanos del Instituto Nacional de Estadística (INE), vuelve a poner en evidencia que las siete ciudades españolas con menor renta per cápita son andaluzas, cinco de los seis barrios más pobres del país son también andaluces (tres en Sevilla ciudad) y adivinen donde se encuentran las cinco primeras localidades con mayor tasa de paro: en Andalucía. De estas últimas, destaca especialmente Linares (Jaén), con casi un 31% de tasa de paro. El día que haya un estallido social allí todo el país dirá eso de “de pronto…” como si las cosas que ocurren en el mundo realmente pasasen de pronto.

No seamos ilusos, nadie desvelará su sueño ni unos minutos por estos datos repetidos año tras año, algunos dirán que no son reales, que con un 31% de paro y poco más de 5.000 euros de renta media anual (en los casos más extremos) es obvio que viven de la economía sumergida, como si eso fuese una elección propia. Saldrán los de siempre diciendo que en el campo hay miles de peonadas que nadie quiere hacer sin preguntarse por qué los jornaleros andaluces siguen acudiendo a la vendimia francesa, por ejemplo, y pocos acuden a la recogida de la fresa en Huelva.

El gobierno -los gobiernos- presumirá con las tasas de crecimiento de los distintos sectores económicos en este año que pueden seguir haciéndolo; no quiero ni pensar los datos que reflejará la edición de 2021. Hablarán del crecimiento acumulado en los últimos años como si este se hubiese repartido equilibradamente o como si esa frase no fuese un canto de sirena en Linares, en La Línea, en Isla Cristina… Ese mismo gobierno hablará del refuerzo policial ante el repunte “de pronto…” del narcotráfico en Andalucía, actividad económica que no para de crecer al ser la única opción real en buena parte de las poblaciones y barrios de ese perverso ranking del INE.

Hace años que perdí cualquier esperanza de que las autoridades se tomaran el revertir estos datos como prioridad y emergencia nacional. Ya solo me conformo con que, en algún momento, esta realidad sea incluida en la agenda social de gobierno. Sí, ya sé que soy un poco iluso, que sólo se incluirán estos asuntos si algún día “de pronto…” ocurre algo que lo coloque en el prime time de las televisiones.

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Libertad

Libertad, la palabra más bonita y seductora del diccionario. En su nombre se han iniciado revoluciones, se han movilizado multitudes, se ha marchado contra palacios de invierno, se ha derramado sangre… Su conquista nunca fue gratuita. En tantas ocasiones de la historia de España se consiguió como veces se esfumó.

Preciosa palabra que suena de una falsedad abrumadora en la boca de quienes solo la utilizan a conveniencia. Los que la usan para dividir, para anular a los que no piensan como ellos. Qué triste ver esas bocas no autónomas que la nombran, sin que parezcan conscientes de cómo están siendo usadas por quienes persiguen intereses espurios y que, en realidad, solo la están reclamando para sus iguales, para los que tienen su misma concepción política y clase social.

Reclaman la libertad de protestar contra un gobierno que no gestiona bien, obviando que el problema real es que no es el gobierno que ellos pretendían. Exigen la libertad de movimientos en mitad de una pandemia que cercena la vida de cientos de miles de personas en todo el mundo. Demandan la libertad de ser de sus familias sin estar dispuestos a aceptar que existan otras que no responden a sus cánones. Hablan de libertad para su religión, asumiendo que las otras deben ser una concesión arbitraria. Reclaman, exigen, demandan… porque la preservación de la salud pública y la vida es algo etéreo y lo de poder almorzar en mi restaurante favorito con mis amigos es concreto.

Como ya algunos manifestantes no tienen edad ni salud para excesos, en este canto diario a la libertad se llevan a su asistenta, esa chica de la periferia que ha tenido la suerte de ser acogida en casa por un salario que ellos consideran justo, aunque el resto del planeta diga que es mínimo. En su sueldo va incluido el atizar la cacerola que ellos no son capaces siquiera de portar, no hablemos ya de usar. Quizás esa chica sea de otro país, del otro lado del Atlántico, donde ya vivieron caceroladas parecidas como preludio de esa “libertad” que impusieron militares armados.

No, no nombres nunca la palabra libertad cuando no conoces su significado y lo único que pretendes es aprovecharte de una desgracia para, una vez más, defender tus intereses particulares.

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Distancia social versus distancia física

Desde el principio pensé que llamar distancia social a lo que es mera distancia física había sido un lapsus de quienquiera que sea el que le pone nombre a estas cosas. Después de ver las colas para recibir comida en un buen número de barrios de nuestro país, de cómo se están administrando la realización de pruebas de detección del Covid y de tantas otras escenas que vemos cada día, estoy convencido no solo que no se trata de ningún lapsus sino de que ese quienquiera que sea puso el nombre con toda la intención del mundo.

Si bien las pandemias nos igualan a todos en la enfermedad nuestra cuna y nuestra biografía nos marca el devenir. Así, quien tuvo la suerte de nacer en el lugar adecuado, de poder conseguir una buena posición o éxitos profesionales, anda estos días más preocupado de su conexión wifi, de cuándo retomar esas cervezas aplazadas o de cuándo poder renovar el vestuario que de la cesta diaria de una casa donde aún no se cobró la prestación del ERTE o donde no es posible encontrar un sustento estable, porque la economía de subsistencia también anda en cuarentena.

La distancia física es una medida sanitaria. La distancia social es la que realmente va a marcar el devenir de los próximos meses, puede que años, y que hará que demasiadas familias no salgan de esta. Sí, es cierto que esta distancia social ya estaba entre nosotros; pero no es menos cierto que los sucesos extraordinarios agrandan la brecha y multiplican la desesperación. Si desde la sociedad en su conjunto, y desde sus instituciones, no se arbitran soluciones para que esa brecha no se abra en exceso habremos fracasado como ciudadanos.

Si el Estado y la sociedad no responde a las necesidades, los ciudadanos buscarán salidas. Si hay personas a las que no les ha parado las multas, incluso las detenciones, para salir de su casa incumpliendo las indicaciones de las autoridades porque estaban desesperados con este encierro ¿de qué no serán capaces los que no puedan garantizar llevar un plato de comida a la mesa familiar?

Por favor, recordad que no estamos solos; cumplamos la distancia física escrupulosamente para evitar rebrotes de esta peste del siglo XXI, pero -bajo ningún concepto- apliquemos la distancia social. La salida de todos a esta crisis tiene que ser un objetivo de la sociedad, sin excepciones.

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(a)Normalidad

El reloj suena a la intempestiva hora a la que lo hacía hasta mediados del pasado marzo. Sin embargo hoy no me causa ningún desasosiego, es más, me siento como un escolar en septiembre, cuando se retoman las clases después del largo verano. Cuido un poco más el vestuario, el afeitado y me miro más reiteradamente al espejo. Las llaves del despacho, el ordenador, los papeles… todo está preparado y revisado desde la noche anterior. Me dirijo a la oficina a reanudar el trabajo presencial que quedó varado hace algo más de mes y medio. Como he hecho siempre, voy paseando; soy de esos privilegiados que trabajan a una distancia razonable de casa.

Pero esa sensación de que todo vuelve a la normalidad me dura pocos minutos. He desayunado en casa antes de salir, algo que en mí no es nada habitual. Llevo una mascarilla en la cara, al igual que el resto de transeúntes que van como yo a sus lugares de trabajo. Hay otros viandantes que van en ropa deportiva, algo raro porque son mayoría los que ni corren ni hacen, aparentemente, ningún ejercicio más allá de caminar. Los primeros, los que vamos camino del trabajo, mantenemos la distancia al cruzarnos, los otros no parecen que vayan con tanto cuidado. Conforme me adentro en las callejuelas que acortan mi camino hasta el centro de la ciudad me voy quedando solo. Durante más de cinco minutos no me cruzo con nadie, ni tan siquiera con vecinos paseando a sus perros. Sé que he llegado a la oficina cuando me encuentro con la Giralda; aquí ya hay mucha más actividad, aunque no hay ningún turista, ni se le espera. No puedo evitar pararme unos segundos -quizás hasta un minuto- ante este minarete para hacer algo que no recuerdo haber hecho en años, contemplarlo como si fuese un visitante que la descubre por primera vez.

En la oficina todo está igual que lo dejé pero vacío. Los compañeros siguen en sus casas “teletrabajando”. La actividad es intensa, como lo ha sido durante todo el confinamiento, pero todo es virtual. Estoy solo en unos despachos que habitualmente son un hervidero. Me asomo a la ventana y no hay bullicio; no hay tránsito, no hay manifestaciones, no hay riadas de foráneos haciéndose selfies. A media mañana me apetece un café, pero no puedo bajar a tomarlo porque ¿adónde? Afortunadamente la actividad no para, por muy virtual que sea, y eso me hace no notar que llegó la hora de volver a casa.

La vuelta al hogar tiene un problema añadido. Esto es Andalucía y, aunque este año el calor ha tardado en aparecer, a esta hora la temperatura ambiental supera generosamente los treinta grados. Dudo si tomar el único taxi que hay en una calle desierta, finalmente opto por volver a recorrer andando el camino de vuelta, aunque esta vez uso la mascarilla más como complemento de vestuario que como medida de protección; caminando con este calor necesito todo el aire que puedan aspirar mis pulmones y ahora la mascarilla tapa mi barbilla, dejando libre las vías respiratorias. Sólo me la coloco en su protector lugar en las dos ocasiones en las que me cruzo con otros transeúntes.

Vuelvo a leer estas notas de mi primer día de vuelta a la presunta normalidad y descubro que esta ya dejó de ser normal. No sé cómo serán las próximas semanas o meses, pero tengo la certeza que será algo distinto a lo que hemos vivido hasta ahora. Además pienso que algunas de estas “anormalidades” vinieron para quedarse definitivamente entre nosotros.

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Portugal, como en el 74, marca el camino.

Es repugnante” fueron las palabras que Antonio Costa, primer ministro portugués, le dedicó a Wopke Hoekstra, ministro de finanzas holandés, tras el ataque de este a España en la sesión extraordinaria del Consejo Europeo con motivo de la crisis del coronavirus. En un foro nada acostumbrado a escuchar palabras francas, por una vez, sonaron unas que llamaban a las cosas por su nombre.

El 25 de abril se conmemora el 46 aniversario de la Revolución de los Claveles en el país luso. Un día en el calendario que transformó a Portugal y que fue ejemplo en el mundo. Una revolución promovida por capitanes de un ejército que disparó claveles en lugar de balas y que provocó un cambio radical del país de abajo hacia arriba, sin violencia, algo nunca visto en Europa. En España, tuvimos que esperar año y medio más para vivir nuestra propia transformación política que, en este caso, fue provocada por la muerte natural de quien gobernaba con puño de hierro.

Como ya hiciera en 1974, Portugal nos marca de nuevo el camino. Pero como siempre hemos visto a nuestro vecino con cierto recelo, no parece que hayamos aprendido nada. Otra vez estamos más pendiente de la muerte natural de quienes se alternan en gobernarnos que de tomar iniciativas que redunden en el beneficio de quienes, desgraciadamente, hemos aceptado ser gobernados por aquellos que repitieron curso.

En Portugal la oposición apoya las decisiones de su gobierno en todo lo relacionado con la gestión de la pandemia. El líder de la oposición, Rui Rio, considera que lo contrario “no es patriótico” y que “su suerte (la del gobierno) será nuestra suerte”. También han regularizado la situación de todos los inmigrantes sin papeles, porque no se puede pretender controlar la salud de un país de algo más de diez millones de habitantes si medio millón de ellos no existen para la sanidad pública.

Tienen a un Jefe de Estado elegido democráticamente (sí, eso pasa en la mayoría de los países del mundo), Marcelo Rebelo de Sousa, un hombre muy mediático que tiene el mismo porcentaje de aceptación entre la población como años a sus espaldas: 71. También un antiguo primer ministro, Antonio Guterres, es el actual Secretario General de Naciones Unidas.

Podría seguir con ejemplos, pero para qué. No conseguiría más que enfadarme más de lo que ya estoy con lo que veo a diario en mi país. Este 25 de abril sonará de nuevo por toda Portugal el “Grándola Vila Morena”, esa canción que marcó el inicio de la Revolución y que nos habla de esa tierra de fraternidad en un pueblo que es el que manda. Nosotros seguiremos con nuestro “resistiré”. No les recomiendo que comparen las letras de ambas canciones, a mí se me ha ocurrido hacerlo y ando contando los días que faltan para esa apertura de fronteras que me permita volver a pasear por las calles de Lisboa.

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¿Y si la normalidad era esto?

Desde que empezó esta cuarentena, que pronto será cincuentena, mi cuenta corriente ha crecido. Soy de los afortunados que siguen trabajando, por lo que -de momento- no he tenido merma en mis ingresos; algo que sí ha ocurrido con mis gastos.

Al teletrabajar no tengo que desplazarme ni comer en la calle, algo que es más oneroso que hacerlo en casa. Dejé los bares, las salidas, las actividades fuera de casa… He tenido tiempo para repasar mis cuentas personales, con lo que he podido anular algún gasto innecesario que tenía por ahí. Me he ahorrado los gastos extraordinarios de la Semana Santa o de la Feria de Abril. Pero sobre todo, he dejado de viajar, que en mi caso es la partida que más dinero se lleva al cabo del año, después de la alimentación.

Sí, ya sé que es una frivolidad pensar en tu economía personal cuando la del planeta se desmorona, algo que terminará afectándome también a mí, y más temprano que tarde. Lo que apunto no es por loar el confinamiento sino para reflexionar sobre el modo de vida que hasta ahora he llevado.

Si hablamos exclusivamente de consumo, puedo decir que después de cuarenta días de confinamiento echo de menos muchas cosas, pero ninguna relacionada con bienes de consumo. Si tengo un importante stock de libros que estoy leyendo estos días en casa, es porque en los meses anteriores he comprado libros por encima de mis posibilidades lectoras. Si no estoy comiendo mal y estoy ahorrando dinero, probablemente puedo reducir el número de días que como en la calle. Si mis comidas las hago en casa con agua, puede que estuviera consumiendo cervezas más por los contextos que por una necesidad real de calmar mi sed. Y así todo.

¿Adónde quiero llegar? Pues a la obviedad de que no deberíamos considerar el decrecimiento como la bestia negra. Que hay vida al margen del crecimiento continuo que defienden los grandes gurús y que tanto destruye a nuestro planeta y a nuestra sociedad. Obviamente si todos bajamos nuestros niveles de consumo, estaremos bajando a la larga también los de ingresos; si no se consume, no se podrá producir y vender tanto. Pero en nuestras cuentas personales, si reducimos ingresos y gastos, el resultado puede salir más o menos parejo; quienes principalmente notarán este decrecimiento son los que se dedican a amasar fortunas en paraísos fiscales.

¿Para qué comprar más libros de los que puedo leer? ¿Para qué renovar mis equipos informáticos si los que tengo siguen cumpliendo su función? ¿Para qué cambiar mi móvil cada año, por mucho que la compañía telefónica me lo ofrezca? ¿Para qué…?

El confinamiento me va a provocar que abrace con ansia las teorías del decrecimiento y que empiece a pensar que eso que llamamos “lo normal” es una anormalidad como una catedral de grande. Eso sí, a lo que no renunciaré nunca es a mis viajes, mientras las fuerzas, y la cartera, me acompañen.

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Atendieron nuestras plegarias

El protagonista de la obra de teatro de Oscar Wilde “Un marido ideal”, Sir Robert Chiltern, decía aquello de “Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias” y hasta hoy no nos habíamos percatado suficientemente de cuánta razón tenía.

¿Cuántas veces habremos ansiado poder quedarnos en casa? ¿Cuántas veces hemos reivindicado -los que podíamos hacerlo- teletrabajar de verdad, acudiendo lo mínimo a la oficina? Pues tenemos una buena nueva, los dioses atendieron nuestras plegarias. Pero como en aquellos chistes del genio de la lámpara, se nos olvidó perfilar bien los detalles sobre qué pedíamos exactamente, dejándolo a su libre albedrio, que para eso son divinos, la interpretación de nuestras peticiones, pensando que estábamos alineados.

Atendieron nuestras súplicas y, ya que estaban, atendieron de camino las del planeta que a su manera se quejaba de la sobreexplotación de los recursos, del daño irreversible que los humanos hemos hecho y del que nosotros mismos nos hemos autoinfligido.

Lo tuvieron claro, con una pandemia mataban dos pájaros de un tiro, atendían las plegarias de los humanos y las del planeta. Y aquí estamos. Pero como entre todos ellos se encontraba el Dios cristiano, ese que aprieta pero no ahoga, al menos ha querido ayudarnos retrasando la subida de las temperaturas y enviándonos tormentas; algo que nos predispone mejor a no abandonar el hogar.

La pandemia nos pilló con una sanidad mermada por años de recortes, con unos políticos en todo el mundo a los que, en sus manos, el Imperio Romano les hubiese durado tres telediarios y con buena parte de la ciudadanía dedicada a las apariencias, que a la luz del día sale a los balcones a aplaudir, cantar o lo que toque; pero que en las tinieblas de la noche se dedica a colgar carteles en sus portales, o tweets en sus redes, que cumplen con los once principios de Goebbels. De los miles de fallecidos se habla lo justo. Porque siempre nos dio miedo la verdad y porque sólo existe lo que nos toca de cerca.

En fin; que a ver si aprendemos algo de todo esto. Yo me conformo con que consigamos aclarar cuáles son nuestras prioridades y que seamos más específicos cuando redactamos nuestras listas de deseos.

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La cultura, bien de primera necesidad.

Probablemente el sector de la cultura, que fue el primero en entrar en cuarentena, sea el último en salir de ella. Desde días antes de la declaración del estado de alarma cerraron los cines, los teatros, los museos, los monumentos, las bibliotecas… y cabe esperar que en la vuelta escalonada a la normalidad, serán los últimos en reabrir. Por supuesto hablamos de la reactivación de las actividades; sobre el tiempo que tardaremos en recuperar los aforos anteriores a la pandemia es mejor no hacer previsiones.

Lo queramos o no, de la crisis sanitaria vamos a salir con algunas lecciones sanitarias aprendidas sobre la vulnerabilidad de los humanos, así cuando todo esto pase ¿quién va a querer sentarse en la butaca de un cine o de un teatro a 20 centímetros de un desconocido? ¿quién es el guapo que se pone en una cola para visitar el Museo del Prado o La Alhambra? ¿cómo vamos a ponernos a bailar junto a nadie en los festivales de música? La crisis de la cultura, como actividad económica, va a ser larga y despiadada. Preparémonos para ello.

Curiosamente esto contrasta con el papel que está jugando la cultura durante el confinamiento. Sin nuestras bibliotecas particulares o las descargas de libros en las redes, no hubiésemos tenido nada que leer estos días. Sin la televisión y sus plataformas no hubiésemos tenido ni cine ni series. Sin la música no hubiese habido actividad en los balcones. Sin las redes sociales y sin wifi no hubiese habido vídeos, retransmisiones en directo, visitas virtuales.

El sector ha estado a la altura; nunca hemos tenido tantas películas, series y libros disponibles online, no hay museo de referencia que no haya hecho alguna actividad en redes que permita su visita, no hay artista que no haya presentado alguna creación nueva, conexión online en directo o que no haya aportado su grano de arena para hacer que la cuarentena no sea un agujero negro también en la salud mental de los ciudadanos. Creo que, más que nunca, ha quedado demostrado que la cultura es también un bien de primera necesidad.

Si hablamos de magnitudes económicas, podemos afirmar que el sector de la cultura representa en torno al 3% del PIB nacional, el 3,7% del empleo y el 3,6% de las empresas de nuestro país. Además, influye en otros sectores, por ejemplo, se calcula que el 12,8% de los viajes que hicimos los españoles en 2017 tuvieron motivaciones culturales.

Pero todo esto no es suficiente para el Ministro de Cultura quien ha despachado la situación actual, en la que no prevé ayudas específicas para el sector con un “primero la vida y luego el cine”. Pues claro que primero está la vida, faltaría más, eso nadie lo discute. Pero la urgencia social también debe ser una prioridad y este no es un sector donde precisamente los empresarios naden en la abundancia.

Por cada actor famoso que vemos en las galas televisivas hay decenas de ellos trabajando con el mismo salario que los temporeros de la fresa de Huelva. Salario que no tienen ahora, pero la mayoría de ellos tampoco tendrán prestaciones, porque el régimen de artistas de la Seguridad Social no es el mismo que el del común de los trabajadores. Pero la falta de salarios y prestaciones la mantendrán durante meses, porque la actividad no se va recuperar. Pero no, el ministro de cultura se ha puesto el traje de la ministra de Hacienda y le dice al sector que pida cita para el día después, que ya se verá. Señor ministro, mucho me temo que, si no hace algo ahora, para la mayoría no habrá día después.

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Mi Semana Santa fue ayer

Hasta ahora no he sabido que el viaje que hice a Tierra Santa el pasado mes de enero era mi Semana Santa de 2020. Aún teníamos la resaca de las fiestas de Navidad y de la Epifanía cuando partimos a las tierras donde nació, vivió, murió y, finalmente, resucitó Jesús.

No soy persona de procesiones, de hecho, si este año hubiese sido “normal” ahora estaría en México o en Ecuador o, tal vez, Senegal; que eran las opciones que barajaba. Hace años que esta semana no la paso en Sevilla, porque soy de los que huyen de la ciudad desde que en ésta los hoteles se multiplicaron, abarrotando las calles de foráneos. Si el año lo permite, huyo la semana entera, si, por el contrario, es de esos “correosos” la escapada será sólo de los últimos días.

Pero no, este año mi viaje fue extemporáneo en el tiempo y el contenido. Mi viaje de Semana Santa fue en enero y allí viví, sin saberlo, la estación de penitencia de Jesucristo, esa que rememoramos cada año en la primera luna llena de la primavera y que este tendremos que vivirla en casa.

Cuando estuve ante la Puerta Dorada en Jerusalén (la puerta por donde accedió Jesús el Domingo de Ramos, hoy clausurada) no podía imaginar que ese instante era mi domingo de ramos de este año. Que la oración a la que asistí en el huerto de los olivos iba a ser la celebración adelantada de la Pascua y que esa ramita de olivo que nos dio el franciscano que cuida aquel lugar, iba a ser la única que podría portar en el domingo que todo sucedió. Ese mosaico de la Virgen de la Esperanza de Málaga, que es tan parecida a la otra Esperanza de Sevilla, la Macarena, iba a ser el único encuentro que tendría en la calle con la Virgen; ese encuentro en la Vía Dolorosa de Jerusalén se transmutó en mi cabeza con el que otros años viví en la calle Parras (uno de los lugares emblemáticos para ver a la Macarena, ya de recogida, en la ciudad del Guadalquivir).

Fue una Semana Santa sin tambores, sin multitudes en las calles, sin mantillas ni trajes de chaqueta, sin incienso… En mi caso fue además una Semana Santa sin cervezas en la Plaza del Pumarejo el domingo, mientras esperamos el paso de la Hiniesta, procesión donde participa la corporación municipal y a la que cada año esperan los vecinos de la ajada Casa Palacio para recordarle al alcalde de la ciudad sus necesidades, en forma de manifiesto entregado en mano. Tampoco habrá cervezas en el Punto -ese bar de la calle Adriano, frente a la capilla del Baratillo- en el mediodía del miércoles con mi compadre y mi ahijado tras visitar los pasos de la hermandad donde ambos procesionarán esa misma tarde.

Mi Semana Santa, sin yo saberlo, fue ayer y resultó la más intensa, la más vivida que nunca tuve y, probablemente, la que más recuerde siempre.

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